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Hace poco fui a la kermesse anual de mi colegio y, en realidad – pese a quien le pese – fui para ver con mis propios ojos a mis ex compañeritos del colegio y a mis antipáticos profesores, (hace ya 8 años que salí) para rajar de ellos, ver sus estados deplorables y compararme de la manera más cochinamente limeña con ellos.
Y me fundí porque sencillamente no fue nadie de mi promoción, y sólo 3 los profesores conocidos que fueron. Ninguno de mis ex compañeritos. Nadie para mirar y criticar. Bueh, en el fondo, nadie con quién recordar el pasado, dejado atrás como pago de lo que viviría luego en la universidad (bien pagado, en verdad; valió cada centavo).
Me ha estado siendo difícil recordarme, sobretodo en mis inicios, pero no a los demás, y lo más probable es que te recuerde y además sepa cómo eras antes y cómo has ido cambiando a lo largo de tu vida.
Luego de tontear, Jorge, Karen, Kike y yo decidimos subir a un juego mecánico, en la kermesse. Ellos iban en la cabina siguiente, y nosotros – Enrique y yo – nos quedamos apretados en la minúscula cabina. Esta nos elevó tranquilamente, y luego comenzó a girar moderadamente hacia atrás. Y cada vez más rápido: Ahí estoy yo odiando los lunes por la mañana; tomando un desayuno con leche y café, – que años después abandonaría completamente – pan con mantequilla. Con mi hermana Katia a mi costado y mi papá y mi mamá dando vueltas apurados y estresados. Todo debía salir bien. Silencios sepulcrales. Resentimientos ocultos. Intereses separados. Mi lonchera verde y mi uniforme gris. El viaje hacia el colegio dentro del volkswagen verde, y la lluvia empañando los cristales de las ventanas. Un choque con un automóvil frente a nosotros en el cruce de las avenidas Bolívar y Brasil. Los pasillos fríos de mi colegio, construido en la década del 40. Los profesores gritando idioteces, y odiándonos tanto como nosotros a ellos.
Iba a perder el control de la calma. Tenía que reivindicarme, porque yo odio los juegos mecánicos que juguetean con mi vértigo. Tenía que hacerlo – y teniendo a Kike a mi lado, todo es posible. El bicho desaceleró y yo abrí los ojos hacia el cielo. El truco es mirar hacia el cielo.
- ¡El truco es mirar hacia arriba, hacia el cielo Kike!
No me atrevía a mirar hacia abajo. El aparato comenzó a moverse hacia adelante. Subidas y bajadas repetitivas, pero la velocidad seguía en aumento. A escondidas mías entreabría los ojos de vez en cuando para ver cuánta distancia había entre el piso y yo. El aparato se movía cada vez más rápido y, aunque no era violento, la intensidad exagerada de la fuerza G provocaba extrañas reacciones en mis sentidos.
Volví a mirar hacia arriba, porque era lo único que atinaba a hacer y logré ver mi entrevista para ingresar en la facultad de Arte; una Anna Maccagno envuelta en esa aura azul; caminando con Raquel por los caminitos entre los talleres de triplay, camino a la cafetería de Arte; colas largas para recibir mi almuerzo; el chico desconocido que me gritó por sacar su taper del microondas, sólo porque no lo ví, a la espalda de la cafetería de Ciencias Administrativas; también varias veces haciendo algo que no les incumbe a ustedes; las clases de la Burela; la larga conversación con Crush, y luego su terrible funeral; llantos con Raquel en el jardín inmenso, y los infinitos almuerzos con Kike ahí mismo, echados sobre la hierba, sonriéndonos todo el tiempo, mientras él comía los fideos de siempre y yo la comida extraña de Tina.
El mecanismo hacía girar el círculo exterior ya a una velocidad intimidante. Las cabinas se colocaban en posición horizontal con respecto al suelo, elevadas a más de 12 metros, girando a toda velocidad. Comencé a gritarle tonterías a Jorge, y a Karen, “¡Jorge vamos a Rústica!”, “¡Quiero un pollito a la brasa, Karen!”; risas y gritos de vértigo.
- ¡Uuuuuuuuuuuuu!
El bicho aceleró aún más, y en ese momento, durante una subida a toda velocidad, desde el cielo azul un sólo rayo de luz me dio directamente en los ojos, dejándome verme claramente sentado en el volkswagen verde, por la madrugada, con mi madre manejando nerviosa, y mi padre vomitando cada dos cuadras, camino al hospital; y la vez que llegué a casa a las 3am, y no encontré a nadie: fui directamente al hospital otra vez. El primer robo a la oficina de mis padres, que recuerdo sentí como una violación. El segundo robo también, y la primera consulta de mi madre con el oncólogo; sus lágrimas después, y la transformación de un mundo patas arriba. Mi primera entrevista de trabajo hace algunas semanas; el polo rayado de colores que Kike traía puesto una noche bailando trance en un sótano de Miraflores; las clases del oráculo maya con Claudia; mi cumpleaños número 24 en el restaurante “Patagonia”; el aterrizaje en Buenos Aires; la pastilla azul durante el vuelo; los paseos en “Lavalle”. La increíblemente hermosa poesía que mi papá me enseñó hace unos días, y la deliciosa comida también en “Patagonia” la semana pasada, con Kike, Raquel y mi mamá. Paseando con ellos a las 12am en Miraflores, la calle húmeda, fría; como adolescentes los cuatro, adolescentes eternos, Raquel, Kike, mi madre y yo.
Grupo: Mecano
Álbum: Descanso dominical
Año: 1988
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Ha llegado el momento que estaba señalado, y ya tengo que salir.
Tengo sentimientos hasta en mi parte más profunda, como cuando terminé el último día en el colegio y traté de disfrutar esa tarde ahí, porque sabía que al día siguiente no volvería a ver a mis compañeros, jamás. Y de alguna retorcida manera, así fue.
Julián, al momento de leer mi oráculo Maya – que por cierto es increíblemente acertado – me decía que las personas como yo “enlazador de mundos” tenemos una concepción equivocada de la muerte, entendida como el término de etapas. No entendemos que pasar de una etapa a otra es una forma metafórica de morir, pero necesaria para renacer.
Pasar de una etapa a otra no es fácil.
A veces dejas una casa, o entras en una; viajas, comienzas un nuevo trabajo, o terminas una relación.
Y Max, cuando íbamos a saludarlo a su trabajo las últimas veces que estuvo en la ciudad, nos decía “acepten su burocratización”; se refería a que comenzáramos a crecer, a “adultearnos”, porque este mundo es el de adultos; es otra etapa y hay que pasarla, lamentablemente. La etapa Punky Brewster comienza a tornarse peligrosa.
Pasar las etapas nos da miedo, nos cabrea; nos ponemos como demonios antipáticos para los nuestros porque no saben “cómo sufrimos”, y ¡a que lo paguen! Ja, ja, ja, ja.
Pero creo que lo peor no es cambiar de etapa, sino cambiar de gente. Abandonar, dejar ir, o perder de vista a personas que siempre estuvieron ahí, que hacían cosas junto a ti.
Este fin de semana voy a ir al bar Oso con mi amiga, ¿la recuerdan? La que ví viajando en la línea 73 hace un par de semanas. Cuando di por fin con ella (luego de mil peripecias que duraron una semana completa), la convencí de salir (haciendo uso de quién sabe qué artes del universo que debo haber aprendido) ¡y me pareció tan paja que haya aceptado! Aparte de los previos chupísticos en algún bar que encontremos, con alguna vieja gente de mi colegio. También descargué el “Nevermind” de Nirvana, de Internet, y lo estoy preparando para dárselo como regalo.
Cuando le diga “hola” cara a cara, sabré que esa etapa habrá acabado para siempre. Cuando estemos bailando en medio de las “paredes sudorosas” del Oso el sábado, como habría dicho Kike, sabré que lo que debía hacer en mis años mozos ya está hecho, y que debo reconocer los signos de la vida para darme cuenta de lo que debo hacer ahora.
¿Cómo somos las personas, no?
Bueno, si me disculpan, no soy nada buena con las despedidas, y tengo una clase en el gym que me está esperando. Los dejo nenas y nenes, pero nuestro plato de fideos de madrugada me está removiendo la conciencia.
Julián está en mi depa y tiene una cara de desesperación absoluta por haberse tomado más de dos horas de almuerzo hueveando (¡ja ja ja ja, sorry!) y no se desprende del celular, y me hace señas para que les diga que ya arranca de nuevo.
- ¡¡¡¡¡¡Ya vengoooooooooooo!!!!!!!
Mmmmm… Me voy a tomar un tiempo, ha sido un mes interesante para una neófita en las computadoras como yo. Ya les avisaré si escribo algo o no…
Voy a tomar el Barco a Venus.
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Hoy levantada y en camino de mi trabajo, me topé con algunos taxistas animales que se interpusieron en mi camino y bloquearon la vía todo el tiempo que ellos quisieron. Uno de ellos casi topa su asqueroso automóvil de cuarta contra mi 4×4. ¡Yak!
- ¡Animal! ¡Animal! ¡Eres un animaaaaaallll! – le grité varias veces a uno que me había bloqueado por un lado.
Bueno, ya tranquila, y con Fito Páez cantando en mi PC sus eternos conflictos; me puse a pensar… ¿Cómo somos las personas, no?
Los niños tienen un descontrol natural de sus emociones, que los hace hacer las cosas más insoportables para los demás, pero, al fin y al cabo, son niños.
Luego, los jóvenes tienen un descontrol controlado y administrado que, claro, puede llegar a niveles horrosos de vez en cuando, pero al fin y al cabo, no son todo el tiempo, porque saben lo que les conviene. O lo van sabiendo de a poquitos.
Luego, los adultos, maestros del disfraz. Pueden tener un volcán aniquilador listo para estallar, pero jamás sueltan la lava en frente de la gente equivocada. A veces jamás la sueltan. Control total, manierismos adecuados y equilibrados, aún cuando el sujeto o la sujeta sean un desastre total en su vida personal.
Continuando con la edad, a la mediana edad, los niños interiores que se abrurrieron enjaulados en la adultez, comienzan a limar los barrotes y se desbandan de a poquitos. Pero el desbande, me sorprende, no es el tipo de desbande de los adolescentes, o sea, destructivo y desordenado. O, mejor aún, desorganizado. Es un desbande infantiloide; intelectual diría yo.
El insoportable es el que viene luego. No sólo tu niño interior es el que se libera en la edad mayor, sino todos los niños que hubieras querido y no pudiste ser… Y ahí están los demás corriendo detrás para que no te rompas la cadera; luego limpiándose la cara cuando les escupes la comida; luego enjuagando cada cuarto de hora sus pañuelos llenos de lágrimas con cada pachotada que les sueltas…
¿Cómo somos, no? Y ni con la lipo o la cirujía plástica. Realmente envidio a los pocos que se libran de este molde. Voy a dedicarme a mi trabajo ahora…
Julián está listo y pronto a regresar aquí; durante todo este tiempo me ha ayudado a dar el toque “artistoide” (je je je) a las publicaciones de las que me he encargado. Los quiero mucho a todos ustedes, en verdad, y en el momento en que me retire, les mandaré un beso enorme. Un beso con sabor a durazno y una cereza encima.
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Dibujo de Lilian Jekyll Newman (1873 – 1958)
1 Cuando subo a una combi de mierda, JAMÁS me puedo sentar. Si me logro sentar, ocurre por menos de 10 segundos, porque SIEMPRE sube un anciano de mierda para pedirme el asiento.
2 Si logro sentarme, lo hago en el asiento que da al pasadizo. ¡Ajjjjjjjjjjjjj! ¡SIEMPRE se suben vendedores ambulantes que pasan por la puerta disfrazados y se colocan o frente a mí, o a mi costado, para cantar sus melodramas y pasarme sus microbios cuando hablan y escupen sobre mi pelo! “Acabo de salir de la cárcel”; “Yo no te vengo a robar”, etc. Hoy por ejemplo, se me plantó un enfermo de VIH al costado de mi asiento, que además tenía que ver en el escándalo del Padre Martín de hace unos meses, por la televisión. ¡Anoche, a las 12am, mientras mis ojos se cerraban del AGOTAMIENTO, unos niños gritones se pusieron a GRITAR una poesía barata que duró 20 minutos! ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooo!
3 Me coloco en la cola del teléfono público ¡y SIEMPRE me tocan los que tienen millones de
monedas para ir colocándolas en el teléfono cuando su PUTO CREÉDITO SE ACABA! Y yo meto la PUTA MONEDA en esos teléfonos de Telefónica de mierda ¡y se la traga, sin dejarme hacer la PUTA LLAMADA! ¡Aaaaaaaaaarrrggggghhhhhhhhhhh!
4 Últimamente entro a algún centro comercial con alguien que está de buen humor, y luego me tocan UNOS CAJEROS DE MIERDA, que se les da por tratarme mal, o por CORREGIRME, o por hablarme de espaldas, o por cualquier cosa que YO ODIO y… ¡TERMINO MANDÁNDOLOS A LA MIERDA Y HACIENDO UN ESCÁNDALO! ¡Hago que la persona que vino conmigo con buen humor SALGA LLORANDO!
5 ¡¡¡¡La PC de mi oficina, amanece SIN PARLANTES!!!! ¡¡¡Y son más de 8 horaaaaassss dee traaaabaaaaajjooooooooooooo!!!!!!!
6 Estoy caminando muy tranquila por la vereda y SIEMPRE hay algún IMBÉCIL o alguna IDIOTA que está en medio de ella y comienza a caminar de espaldas HACIA MÍ cuando estoy casi por pasar a su lado. ¡¡¡¡MIERRRDAAAAAAA!!!! ¡¡¡¡APRENDAN A CAMINAR HIJOS DE PUTAAAAAAAA!!!!!
7 ¡¡¡El BLOGGER DE MIERRRDAAAAAA que en vez de publicar los artículos, LOS BORRAAAAAAA!!!!!
Últimamente he sido una especie de “hoyo negro” que atrae los influjos antipáticos del resto… Quizá deba juntar mis dos dedos de la mano, el pulgar y el índice, y decir “Ommmmm, ommmmm”… Pero lo que más hago últimamente es sacar el dedo medio y decir “¡ÁNDATE A LA MIERDA!”
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Mmmmm… El “black bop con mango” es mi té favorito… Hoy desperté con la barriguita irritada y malhumorada.
Estuve a medias todo el día frente a la PC con la barriguita maltratadita y me fui al mediodía al “Z”.
- Un “black bop con mango”, por favor…
Ahora viene perfumado, al parecer le aplican una esencia rica, que no sé qué sea, pero estoy segura que no tiene nada que ver con cosas negativas.
Luego el té está caliente en mi taza, rojo y potente. Lo bebo muy despacio y me calienta la garganta. Me deja un gusto perfumado, como a flores en la boca.
Más adelante, en su camino, acaricia a mi malhumorada barriguita y se pone a conversar con ella.
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Enciende los parlantes de tu PC para oír la música del vídeo.
Salí anoche de mi trabajo con la camioneta, y en algún cruce me encontré con mi mejor amiga del colegio (hace ya 14 años que terminé). Ella iba sentada en un asiento de uno de los buses de la línea 73, y tenía los ojos cerrados, apoyada la cabeza contra el cristal de la ventana (ventanas que, por cierto, nunca se pueden abrir).
Ella era mi mejor amiga desde 6º de primaria hasta 5º de secundaria. Nos gustaba bailar en la clase, nos gustaba girar cogidas del cabello. Soñábamos viajando a Francia y a Marruecos, sólo porque sus nombres sonaban exóticos.
Ella me contaba todo lo que hacía, con pelos y señales. Yo la llamaba todos los días, con una puntualidad que ya envidiarían los enamorados. Cada una de nosotras hacía que nuestros padres gasten millones en cuentas telefónicas. Ella perdió la virginidad después que yo. Una tarde de 1991 nos besamos en los labios (¡me gustan los chicos!) para sellar nuestros pactos, pactos sagrados …Que ya no recuerdo.
Yo fui quien le invitó un porro, el cual ella rechazó. Noches de Bauhaus, hasta la madrugada. Noches en Barranco, bebiendo con desconocidos. ¡Nos reíamos todo el tiempo! ¡Llorábamos todo el tiempo!
¡En 5º año me hizo llamar a su papá para hacerle un broma, ja, ja, ja! En Diciembre llevó a su novio a la fiesta de prom. La invité a la playa en verano, junto con el mío. Ella no aceptó. Al ingresar en la universidad, no la ví más.
Noté que por sus ojos tensos, se moría de ganas por respirar. Las personas que viajan de pié en la línea 73, se tienen que sostener de unas manivelas plásticas que están suspendidas de una viga. Eso quiere decir que se tambalean con violencia ante cualquier movimiento del bus, y esos movimientos se transmitían hacia la persona sentada a su costado, quien a su vez la empujaba y la movía arítmicamente. Su cabello estaba todo desarreglado. (Esto quiere decir, señora, que la estuve siguiendo de cerca por un buen rato).
No sé si alguien tenga la culpa por haber desperdiciado tanta intensidad; ella siempre fue dulce y reclamaba protección.
Yo sé que ella tiene dos hijos ahora, pero no sé si es feliz. Probablemente lo sea, porque siempre tuvo esperanza. No tengo idea de qué hacía ella en la línea 73. No sé si logró su sueño de amistarse con su papá.
Un par de cristales templados nos mantuvieron separadas. Entre estos cristales soplaba un aire envenenado y frío. Sus ojos estaban cerrados, y su nariz se mantenía en alto.
¿Qué le voy a regalar cuando la vuelva a ver?
El CD “Nevermind”, de Nirvana.
La voy a llenar de besos (en el cachete esta vez).
La voy a llevar al “Bar del Oso” hasta la madrugada.
Título: “Birthday”
Grupo: The Sugarcubes
Álbum: Life’s too good
Año: 1988
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Julián quiso dedicar mi artículo a “Mari”
La semana pasada acompañé a Julián y a su madre a comprar en un supermercado. Todo iba muy bien, hasta que comenzó a dolerme la cabeza de la nada. Ya habían pasado varios minutos así, cuando él se dio cuenta y me preguntó alarmadísimo si me sentía bien. Encima, el sistema de los cajeros se detuvo.
La cola de la “caja rápida” rápidamente se llenó de gente y yo ya estaba verde de vómito. No tenía idea de qué me pasaba, me sentía fatal. Cuando me dieron unas arcadas, Julián se puso como loco; se puso tan nervioso que se peleó con una tipa que se quería colar en la fila y terminó gritándole “¡Soy un travesti, soy un maldito travesti!”
Su mamá no sabía dónde meterse (por la vergüenza)…
Aunque no es de mi incumbencia, pienso que él ahora está un poco confundido, por tener que actuar sin saber por qué ocurren las cosas que le exigen tener que actuar. En fin, el incidente ya pasó, sin mayor problema.
Lo único que quiero decir este día, es que una cree que la “maduración” ocurre con “esas” cosas de adulto, y la verdad es que ocurre con las cosas más retorcidamente ingenuas de todas la imaginables. Aún con el paso de los siglos, el amor es el amor, y no es ni el amor de la televisión, ni el de los trovadores; ¡pero cómo se le parece!



